Por: Erika Salinas
El acoso y hostigamiento sexual, no son fenómenos simples ni lejanos, sino parte de las dinámicas cotidianas que muchas veces se normalizan o no las nombramos de la manera adecuada. En el Programa de radio Ser Mujer Construyendo Igualdad, abordamos este tema con Frida Hernández, integrante de Mujeres Jóvenes Feministas de Guerrero, quien nos compartió desde su punto de vista, que estas violencias son más comunes de lo que creemos, y con frecuencia tan normalizadas que ni siquiera las identificamos cuando ocurren.
Frida expresó que hay una creencia de que el acoso sólo existe cuando es una conducta repetida hacia una misma persona, cuando el acoso puede ocurrir incluso en una sola ocasión, siempre que provoque incomodidad. Lo único que distingue un acto aislado de un acoso reiterado es que, después de comunicar el malestar, la conducta continúe; pero el acoso, puede darse en un instante. Para diferenciar estos dos conceptos, que muchas veces se confunden desde su forma general como en su connotación sexual, Frida explicó que acoso es cualquier acto que incomode a otra persona, incluso sin intención sexual. Puede ser una invasión del espacio personal, una acción inapropiada en público, una falta de empatía o higiene. Algo tan cotidiano como estornudar sin cubrirse, o actuar en la vía pública sin considerar a quienes nos rodean, puede incomodar y convertirse en acoso; “todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos incomodado a alguien sin querer”. Reconocerlo nos hace responsables de aprender y cambiar.
Por otro lado, el hostigamiento implica una relación jerárquica que ocurre cuando quien acosa tiene un nivel superior, ya sea en el trabajo, en la escuela o en cualquier institución. No sólo incomoda, sino que ejerce un poder para manipular, presionar o condicionar.
En cambio, el acoso sexual es cualquier acto que, además de incomodar, tiene una connotación sexual; desde una mirada fija, un comentario insinuante, un gesto, un “coqueteo” no solicitado… Todo ello puede ser acoso sexual si provoca incomodidad.
¿Quién decide cuando una mirada o un comentario es acoso sexual? La respuesta que nos dio Frida, es que la persona que lo recibe es la única quien puede decidirlo. No es el acosador quien define su intención ni su inocencia. Es la persona afectada quien decide si algo la hace sentir insegura, vulnerada o incómoda; “preguntar a un violador si violó es tan absurdo como pedirle al agresor que decida si su conducta fue inapropiada.” Por eso, es importante la empatía y el reconocimiento del derecho de las mujeres a sentirse seguras.
Muchas veces los factores culturales influyen en la percepción del acoso, donde en las familias se acostumbran los saludos afectuosos y cercanos, estas conductas pueden resultar invasivas o inapropiadas en otro tipo de espacios. El acoso puede ocurrir en cualquier lugar como la escuela, el trabajo, la casa, la calle, pero además, Frida mencionó que no solo viene de desconocidos. También puede provenir de quienes consideramos cercanos, y por eso es más difícil detectarlo.
Frida mencionó como ejemplo que la friendzone, es esa idea popular que se utiliza para responsabilizar a las mujeres por no corresponder sentimentalmente a un hombre, sin embargo, no es más que una presión y la exigencia que obliga a elegir entre la amistad y la posibilidad de un vínculo sexual. A esta dinámica contrapone la fuckzone, la reducción de las mujeres a cuerpos disponibles, a objetos sexuales ante los cuales no se respeta ni su autonomía ni su decisión. Ambas formas son expresiones distintas de la misma raíz cultural.
“Una misma canción romántica puede ser hermosa si la dedica la persona amada, pero puede convertirse en algo incómodo si proviene de alguien que desagrada.” La acción es la misma; lo que cambia es la intención percibida y la recepción emocional. Esa diferencia es la esencia del consentimiento. Para ser empáticos no necesitamos vivir lo mismo, sino entender sin necesidad de experimentar, la empatía es una base para reconocer cuando nuestras conductas pueden cruzar los límites de los demás. Mirar fijamente a alguien por demasiado tiempo, por ejemplo, puede parecer inofensivo desde quien observa, pero resultar intimidante desde quien recibe la mirada. Aquí es donde el cuerpo del otro se convierte en territorio privado y el respeto se vuelve indispensable.
El mensaje que llevamos a lo largo del programa tiene que ver con comprender que el acoso y el hostigamiento sexual va mucho más allá de aprender definiciones legales. Las leyes son necesarias, pero insuficientes si no van acompañadas de un cambio cultural, pues el espacio público, ha sido construido por la sociedad como un espacio exterior que “pertenece” a los hombres, tradicionalmente se piensa que los hombres pueden ocupar la calle de manera natural y las mujeres no. Esta lógica, inconsciente pero arraigada, genera el mensaje de que “si sales, te expones”, culpabilizando así a las mujeres por ser acosadas.
El acoso sexual callejero, reflejado en miradas lascivas, comentarios sexuales, invasiones físicas es una forma de reclamar el espacio. Es una manera de decir: “si estás aquí, me perteneces”. Frida mencionó el manspreading, esa práctica aparentemente mínima pero simbólica donde algunos hombres se expanden en el transporte público, el hábito de sentarse con las piernas excesivamente abiertas invadiendo el espacio personal de quienes están a su lado. A diferencia de ellos, las mujeres se cuidan de no tocar a nadie para no dar pie a insinuaciones o malinterpretaciones.
Así la reflexión pasa después a los espacios institucionales como las escuelas, oficinas, lugares de trabajo, donde la dinámica no es tan diferente, pues la sexualización de las mujeres se convierte en el mensaje de que no pertenecen y se vuelve una forma de castigo por haber salido del rol reproductivo o el espacio privado. El acoso sexual funciona entonces como discriminación, como violencia psicológica y simbólica que busca expulsar a las mujeres de espacios donde históricamente no se les permitió estar.
Sobre la diferencia entre acoso y hostigamiento sexual, mientras el acoso ocurre entre personas del mismo nivel jerárquico, el hostigamiento siempre implica una relación de poder; un jefe, un supervisor, un docente. Esto lo hace especialmente grave porque involucra miedo, presión y riesgo de represalias, finalmente la esencia del hostigamiento es la subordinación; incluso la responsabilidad de detener cualquier insinuación, en caso de que la hubiera, recae en quien tiene el poder, no en quien está por debajo.
La Ley Federal del Trabajo, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, así como los reglamentos internos y los protocolos institucionales, constituyen instrumentos fundamentales para prevenir, atender y sancionar el acoso y el hostigamiento sexual. No sólo establecen obligaciones y procedimientos, sino que también envían un mensaje claro sobre la postura institucional frente a estas conductas.
Contar con marcos normativos sólidos y aplicarlos de manera efectiva comunica que el acoso y el hostigamiento sexual no serán tolerados. Como señala Frida, las sanciones no sólo cumplen una función punitiva; también tienen un efecto simbólico y preventivo. Cuando estas conductas se sancionan de forma firme y consistente, se construye la idea colectiva de que, a partir de ese momento, las cosas serán diferentes y que existe un compromiso real con la dignidad, la igualdad y el respeto.
En el cierre del programa, seguimos reflexionando sobre la necesidad de que todos los espacios públicos, privados, laborales, comunitarios sean libres de violencia, para lograrlo, Frida comentó que hace falta información, acompañamiento, protocolos y voluntad institucional. Pero también hace falta un cambio cultural profundo, uno que empiece por reconocer el derecho de las mujeres a vivir sin miedo, a caminar sin ser sexualizadas, a trabajar sin ser acosadas y a existir sin ser cosificadas.
Erradicar estas violencias exige conciencia, empatía y una revisión constante de nuestras conductas cotidianas. Cada acción, por pequeña que parezca, contribuye a transformar los entornos en los que vivimos y trabajamos. La igualdad no es un concepto abstracto; se construye día a día a través de decisiones concretas, actitudes responsables y compromisos colectivos.
Nombrar y visibilizar el acoso y el hostigamiento sexual es un paso indispensable para su prevención y erradicación. Hablar de estas problemáticas no sólo genera conciencia, sino que fortalece una cultura basada en el respeto, la dignidad y los derechos humanos. Cada esfuerzo suma en la construcción de espacios más seguros, justos e igualitarios para todas las personas.




